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sábado, 6 de febrero de 2021

Instrucciones para cambiar el mundo


En el mito de Adán y Eva Dios castiga a los humanos a “tener que trabajar para vivir”. ¿Os suena a algo? En el mundo al que venimos no se regala nada. Hemos de trabajar duro para obtener de él todo lo que necesitamos y queremos. ¿Y qué consiste, por cierto, esa actividad a la que denominamos "trabajar"? Muy en general, trabajar supone operar algún cambio en el mundo, realizar algún tipo de transformación en él y de la que obtengamos algún beneficio.

De hecho, todos los seres vivos transforman constantemente el medio ambiente que les rodea para beneficiarse de él. Y los seres humanos más. Los humanos tenemos un afán de transformarlo todo parejo al afán de perfección que nos define. Queremos cambiar el mundo porque lo que hay en él nunca acaba de casar con nuestros ideales (porque “lo que es” nunca nos parece como “debiera ser”). 

A veces, el mundo que queremos transformar es el medio ambiente, la naturaleza. La transformación del medio es una actividad que siempre ha caracterizado al ser humano, desde la prehistoria hasta el día de hoy en que, justamente, nos empiezan a preocupar los efectos descontrolados de esa actividad. Somos un "animal técnico" por excelencia. Casi nada queda a nuestro alrededor que no sea fruto de este afán por adaptar la naturaleza a nuestros intereses. Ni siquiera nuestros cuerpos y mentes quedan fuera del poder de la técnica y la tecnología (la cirugía estética, el diseño genético, la educación y el "entrenamiento" mental...)...

Otras veces lo que queremos cambiar es la sociedad en la que vivimos, para que sea más justa o más acorde con nuestros deseos. Este afán es comprensible, pues las sociedades humanas, en tanto obra nuestra que son, parecen más maleables y perfectibles que la propia naturaleza (y por el mismo motivo nos resultan más inaceptables las imperfecciones que muestran). 

Por último, hay veces en que lo que queremos cambiar es nuestra propia forma de ser, para así sentirnos mejor, ser más felices o vivir con mayor dignidad. 

En cualquier caso, para cambiar cualquiera de estas cosas (la naturaleza, la sociedad, o a nosotros mismos) es imprescindible el conocimiento. Tanto en un sentido teórico (hace falta conocer qué es y cómo “funciona” lo que queremos cambiar), como moral o político (hay que saber qué queremos lograr con el cambio, tener un “modelo ideal” que nos oriente), y también práctico (hay que saber cómo llevar “técnicamente” a cabo dichos cambios). 

Algunos dicen que lo importante es “actuar” y no pensar ni teorizar. Pero este pensamiento no puede ir más desencaminado. La acción solo puede seguir al pensamiento; lo contrario no solo es irresponsable, sino imposible (el que decide anteponer la acción a la reflexión está poniendo en práctica el resultado de una reflexión). 





1. Saber también sirve para transformar el mundo. ¿Para qué queremos o necesitamos transformar el mundo?
2. ¿Qué relación tiene "transformar el mundo" con "trabajar"? ¿Que es "trabajar"?
3. Todos los seres vivos transforman el medio ambiente para adaptarse a él, pero algunos animales se ayudan, además, con herramientas y otras técnicas. Busca ejemplos de habilidades técnicas que podamos encontrar en los animales, y otras que solo estén al alcance de los seres humanos.
4. Desde hace unos siglos los seres humanos han desarrollado algo que va más allá de la técnica: la "tecnología". ¿Qué es la "tecnología"? Busca ejemplos de transformaciones del mundo que te parezcan efecto de la tecnología. ¿Qué diferencia crees que hay entre técnica y tecnología?
5. Busca algún objeto en tu entorno que no sea producto de la técnica o la tecnología. 
6. ¿En qué sentido pueden ser las personas, también, un producto técnico o tecnológico?
7. En la actualidad se plantea el problema de los efectos perjudiciales de la tecnología. Busca al menos tres ejemplos que ilustren este tipo de problemas.
8. ¿Qué es la ecología? Cita algún problema "ecológico" que conozcas.
9. ¿Por qué crees que los seres humanos estamos tan empeñados, a veces, en transformar la realidad social? 
10. ¿Crees que es posible cambiarse a uno mismo? Di algo que te gustaría cambiar de ti. ¿Podrías hacerlo?
11. ¿Es precede a qué, la teoría a la práctica o la práctica a la teoría? ¿Por qué? 
12. ¿Qué cosas debemos saber para ponernos a transformar la naturaleza? ¿Y para transformar la sociedad? ¿Y para transformarnos a nosotros mismos?




lunes, 25 de enero de 2021

¿Es la muerte un truco de magia?



La mayor parte de la gente piensa que la muerte es un mal inevitable ante el cual nada puede hacer la sabiduría. ¿Es esto cierto?

Quizás, al menos, el saber proporcione alivio. Epicuro, un viejo sabio griego, decía que el hombre jamás ha de preocuparse de lo que no puede hacerle daño, y la muerte –decía— no puede dañarnos pues cuando ella llega nosotros ya... no estamos. No es mal consuelo ¿Pero, de todas formas, es sólo consuelo lo que puede ofrecer la filosofía?

Pensemos por un momento lo que es la muerte. La muerte de algo o alguien significa que ese algo o alguien deja de existir, desaparece. ¿Pero es esto lógicamente posible? ¿Es posible que las cosas desaparezcan como desaparece un conejo en la chistera de un mago? Sí, es cierto, vemos cada día como los seres mueren (desaparecen) y nacen (aparecen), pero también vemos a los magos haciendo aparecer y desaparecer pañuelos en su mano y no nos fiamos, sabemos que es tan ilógico (que de donde no hay surja lo que hay y al revés) que sabemos que hay truco (aunque no sepamos cuál). ¿Por qué no pensamos lo mismo con la muerte (o el nacimiento)? ¿No es acaso la muerte igual de ilógica que las ilusiones de un mago? ¿No será, entonces, que la muerte no es más que ilusión?


Por otra parte, creemos que la muerte solo puede afectar a los cuerpos (son ellos los que enferman, se desgastan, se rompen, etc.). ¿Pero son las personas algo más que cuerpos? Pensemos en nuestros pensamientos, deseos, sentimientos o sueños... ¿Serán cosas físicas y corpóreas? ¿Tiene volumen un deseo? ¿Cuánto creéis que medirá un pensamiento cuando piensa en la longitud? ¿Se pone el cerebro amarillo cuando imagino ese color...?... Algunos piensan que los fenómenos mentales no son más que el funcionamiento del cerebro (aunque no les resulta nada fácil responder a las preguntas que hemos hecho); otros piensan que la mente es algo distinto del cerebro y del resto del cuerpo, por lo que la mente estaría libre de la muerte, y también las personas, pues éstas se definen por su forma de pensar y de sentir, no por la forma de su cuerpo... ¿Qué os parece esto? Es un viejo argumento filosófico acerca de la inmortalidad del alma.


Finalmente, incluso si la mente no fuera más que parte del cuerpo, el conocimiento actual sugiere la posibilidad de vencer a la muerte. Podría ser, por ejemplo, algo como esto: imaginad que vamos substituyendo los órganos de un ser vivo conforme vayan deteriorándose (mediante una técnica hiperdesarrollada de transplantes). Quizás al cabo de muchísimos años hayamos substituído cada una de las "piezas" de su cuerpo por otra igual, y sin embargo, aunque todo su físico hubiera sido renovado, su estructura o forma seguiría siendo la misma, por lo que ese ser vivo sería prácticamente inmortal. ¿Qué os parece esta idea?... Los filósofos, sabios mucho más viejos que los modernos científicos, han dicho lo mismo desde hace siglos: la estructura, la forma de los seres, lo que concebimos como su esencia, es inmaterial y, como tal, inmortal. …



A ver qué pensáis:



1. ¿Qué te parece el argumento del "truco de magia"? ¿No podría ser la muerte algo falso, una especie de ilusión, como los trucos de un mago? ¿Estás de acuerdo? ¿Por qué?
2. ¿Es la muerte algo lógico o ilógico? ¿Y si fuera algo ilógico, puede existir lo ilógico?
3. ¿Crees que es tu mente (tus pensamientos, deseos, emociones...) lo mismo que tu cerebro o que es algo "más allá" del cerebro? Respondas lo que respondas, dí en qué razones o pruebas te apoyas.
4. ¿Qué te parece el último de los argumentos? ¿Podríamos lograr la inmortalidad substituyendo cada una de las "piezas" de nuestro cuerpo conforme se van estropeando? ¿Sí o no? (Y razona tu respuesta).
5. Algunos filósofos piensan que la muerte es, de alguna manera, lo que da sentido a la vida. ¿Qué crees tú?

Si pulsáis aquí tendréis la versión radiofónica de todo esto.

martes, 19 de enero de 2021

Dialoguillo de otoño sobre el sentido de la vida


Otoño. Un recreo como tantos. Cali (de Calixto) y Sofía discuten después de una clase de filosofía. Al rato aparece Marifé, una compañera de otra clase.

Cali-... Venga, no me digas... No sólo estás todo el día encerrado en el Instituto estudiando como un enano, sino que encima viene el de filosofía y dice que nada tiene sentido y que qué hacemos aquí... ¡Pues que lo digan antes y no venimos!
Sofía -. Ese es un truco. Él quiere que pensemos y nos demos cuenta de lo guay que es estudiar. Típico.
Cali-. Eso es lo que fastidia. Encima quiere el tío que vengamos contentos.
Sofía -. O no. Lo que este quiere es que pensemos. Que lo de filosofía es de pensar, vamos.
Cali -. Sí, de pensar en la hora de salir, no te j...
Sofía -. Pues no vengas tío.
Cali-. ¡Tú también con ese rollo! En la vida ha visto un profesor que te diga que no vengas si no quieres. ¡Pues que no venga él...!
Sofía -. O sea que en el fondo sí quieres venir...
Cali-. ¡J..., yo vengo porque tengo que venir. Porque si no mis padres pasan de mí..! Mira, yo aguanto aquí dos años, y después me piro con mi primo, y montamos los dos un pedazo taller de motos. Voy a tener una cacho de burra que vas a flipar, colega. Y pelas a mogollón. ¡Y de fiesta de jueves a domingo, sin parar! ¡Playita, tías buenas...! Jajaja...
Sofía.- Eres más simple que una persiana. ¿Vas a pasarte la vida de fiesta en fiesta?
Cali.- ¡Pues sí, con mis colegas! Nos hacemos unas juergas alucinantes. Y ligamos, marisabidilla, veinte veces más que tú...
Sofía.- ¿Qué colegas? Si son los que yo conozco, solo saben hablar de fútbol. Y para ligar, te recuerdo, tienes que tener una pizca de conversación, y algo en la mollera que no sea calimocho...
Cali-. ¿Qué diiices?
Sofía.- Qué tu y tus colegas sois menos interesantes que una patata...
Cali.- ¿Y tú qué, premio nobel? ¿Estás investigando la vida de los delfines? ¿Compones música? ¿Estarás filmando ahora mismo, supongo, una película genial?...
Sofía.- Todavía no... Pero... Sí, me gustaría... No sé, levantarme todas las mañanas con la ilusión de hacer algo realmente valioso, y no simplemente pensando que me espera un trabajo aburrido y esperando que llegue el fin de semana ... Mira, leí una vez una frase, algo así como: “vivir no merece la pena, si no hay algo por lo que estés dispuesto a morir”.
Cali.- ¡Puff!... Eso es un rollo. Lo que hay que hacer es vivir a tope el momento y pasar de comerse el tarro. Como dice mi madre, para cuatro días que vamos a estar aquí...
Sofía.- No te entiendo. ¿Vivir a tope es venir sin ganas al Instituto o al trabajo, mirar la tele e irse de marcha todos los viernes con los colegas? Así, un año tras otro... ¿Crees que cuando tengas cuarenta años no vas a pensar que has desperdiciado tu vida, y que no has hecho más que poner tornillos en el taller y beber cerveza?
Cali.- Y mantener a mi familia, ojo. ¿Es que eso no es suficiente?
Sofía.- Para mí, no. Mucha gente tiene familia porque todo el mundo la tiene, por no estar sólo. O yo qué sé. Para que sus hijos tengan hijos y así una y otra vez, como hormiguitas, todos por el mismo camino...¡¡Eso no tiene sentido!!
Cali.- ¿Y lo que tú quieres hacer sí? ¿Para qué te vas a romper la cabeza haciendo cosas? Te vas a morir igual. Bueno, igual le ponen tu nombre a una calle, pero tú no te vas a enterar... Y cuando haya una guerra, o se acabe el planeta, ni calle vas a tener.
Sofía.- ... Mira, ahí viene la Marifé. ¿Qué pasa, Mari, qué tal el examen de mates?
Marifé.- Yo qué sé, no tengo muy buena impresión. ¿Y vosotros, de qué habláis, que os veía discutir desde lejos?
Cali.- ¡Del sentido de la vida, jaja!
Marifé.- Hala, sí que os ha dado fuerte la filosofía, ¿no?
Cali.- Esta, que no sabe qué hacer con su triste existencia.
Sofía.- De triste nada, melón. Lo que quiero es no ser un cacho ladrillo como tú...Hablaba de saber qué sentido tiene lo que hacemos, estudiar y todo eso. Y de qué me gustaría encontrar algo por lo que luchar y que diera significado a mi vida...
Marifé.- Yo ya he decidido que voy a hacer medicina. Mi hermana ya ha empezado y dice qué es superduro, pero mola tía, salvar a los demás y todo eso.
Sofía.- Ya pero, ¿para qué? Al final van a morir también.
Marifé.- Sí tía, pero los médicos cada vez saben más cosas. Y además yo quiero ayudar a los demás. Yo creo que sería feliz así...
Cali.- ¿Feliz? Vas a estar todo el día con enfermos deprimidos, rodeada de sangre y de gente gritando... Y además, como dice ésta, al final todo el mundo se muere.
Marifé.- Sí, pero gracias a mi van a sufrir menos, y van a vivir más tiempo. Los médicos son más necesarios que cualquier otra cosa. Además, la mayoría acaban siendo buenísimas personas, y con mucha experiencia. Mi tío es médico jubilado y cuenta historias superbonitas; yo hasta lloro a veces...
Cali.- (Con ironía) Tía, qué buena vas a ser. Seguro que vas al cielo.
Marifé.- Eso no lo sé. Pero si sé que Dios me ha puesto en este mundo para hacer el bien a los demás.
Cali.- Sí, hombre, que Dios está ahí arriba organizándolo todo desde su oficina... ¿Y eso como lo sabes?
Marifé.- Ya estamos. No todo tiene explicación, Cali. Con estas cosas o se tiene fe o no. Y punto.
Cali.- Vale, pues yo no me creo esos rollos de curas. Paso.
Sofía.- (Un poco cabreada) ¿Y por qué sigues aquí y no pasas de hablar con nosotras? ¿No dices que pasas de todo?... Pues venga...
Cali.- Bueno, tía, no te sulfures. ¿Qué pasa, que tu también le das al incienso y al agua bendita?
Sofía.- No. Yo tampoco creo mucho en Dios. Y eso de que hizo el mundo en siete días, y que si el hijo crucificado, y la virgen... Buf. A mi al menos no me entra en la cabeza...Pero yo también creo, como Marifé, que tengo que estar aquí para algo. Qué todo esto tiene algún sentido. El de filosofía dice que todo tiene que tener alguna explicación lógica.
Marifé.- ¿Sí? ¿Cuál? Explícamela, anda.
Cali.- Macho, estáis flipando las dos. O sea: no me puedo creer que estéis teniendo esta conversación. Que no...

Si quieres escuchar la versión radiofónica de este diálogo, pulsa aquí.



ACTIVIDADES
1. En el relato se plantea el problema del sentido de la vida. ¿Cómo le explicarías ese problema a un amigo tuyo (es decir, con tus propias palabras)?
2. En el diálogo se muestran tres actitudes distintas ante el problema del sentido de la vida. ¿Cuáles son? (Explícalas brevemente) ¿Con qué personaje relacionas cada una de ellas? (Puedes buscar información sobre esas tres actitudes en los apuntes)
3. Inventa un personaje que se identifique contigo, ponle un nombre, y haz que intervenga al final del diálogo exponiendo su (tu) propio punto de vista CON TODOS LOS ARGUMENTOS DE LOS QUE SEAS CAPAZ.
Ejemplo: 
S.- Anda, mira quién viene por ahí. ¿Qué tal? ¿Qué te ha parecido a ti lo de la clase de filosofía, lo del sentido de la vida y ese rollo? ¿Cuál es el sentido de la vida para ti?
Tu nombre en el diálogo.- ......................................................

domingo, 17 de enero de 2021

El sentido de la vida.



Hace muchos años, después de una clase sobre las teorías acerca del universo, un alumno esperó que todo el mundo se fuera y se acercó, se sentó frente a mi mesa, y sacando las palabras de algún lugar muy remoto de sí mismo, me dijo, mientras me miraba absolutamente aturdido: “Profesor...QUÉ RARO ES TODO”... La frase no era nada especial, pero sí lo fue la intensidad con que la dijo. Ese alumno no sólo estaba diciendo una frase, la estaba viviendo, padeciendo, estaba invadido por ella...Casi parecía que era la frase la que le estaba diciendo a él... Jamás se me olvidará la manera en que la dijo...


  
....Y a vosotros. ¿No os parece también raro todo esto? ¿De dónde ha salido este Mundo? ¿Por qué existe? ¿Para qué?... ¿Y nuestra propia vida? Nacemos y vivimos (según nos dicen) en el tercer planeta de una estrella perdida en un rincón de uno de los brazos de una de las miles de millones de galaxias, viajando a toda velocidad hacia los confines del Universo... ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Tenemos alguna misión especial en este mundo? ¿Qué pintamos aquí?...


Decía el filósofo José Ortega y Gasset que nuestra vida es como un “fenómeno deportivo”, un mero juego sin más sentido que el de jugar por jugar... Al fin y al cabo, para qué esforzarse seriamente en nada, si todo acaba en la nada de la muerte... Por eso decía otro filósofo (Jean Paul Sartre) que el hombre es una “pasión inútil”. ¿Estás de acuerdo? ¿Es inútil tu vida o tiene algún sentido? ¿Cuál?

Si queréis leer y escuchar algo más sobre el problema del absurdo y el vacío existencial, podéis leer y escuchar, en esta entrada,  o en este programa de radio.

jueves, 14 de enero de 2021

El enigma del Universo. La teoría del Big bang.

El Universo en el que vivimos es algo inconcebiblemente grande. Vivimos en el extrarradio de una galaxia perdida entre millones y millones y en mitad de un espacio inmenso que no deja de crecer. En cierto sentido, parecemos totalmente insignificantes. 



¿Pero de dónde ha salido todo esto? ¿Y para qué está aquí?... La teoría cosmológica estándar o teoría del “Big bang” afirma que el Universo es un gigantesco proceso que brotó como una gran explosión hace más de 13.000 millones de años a partir de una extraña "partícula" tan inconcebiblemente densa como pequeña.




La imagen más simple del "Big bang" comienza con una nada. No hay realmente nada, no hay espacio, ni tiempo, ni energía, ni materia... Pero esa nada parece tener un misterioso potencial de existir. Y "entonces", en ningún momento (pues aún no había comenzado el tiempo) ni en ningún sitio (pues aún no se había expandido el espacio), esa nada se convierte en Universo, estalla y comienza la expansión del espacio en el tiempo; toda la energía y, después, la materia, son creadas en ese estallido. En la primera minúscula fracción de segundo el universo se expande (se infla) a una velocidad de vértigo. Unos tres minutos después los átomos comienzan a formarse. Tras 5.000 millones de años se configuran las galaxias. En una de ellas, la Vía láctea, aparece hace más de 4000 millones de años nuestro planeta, y hace menos de 100.000 años nuestra especie. A través de ella el Universo parece haber dado lugar a su criatura más extraña: la consciencia de sí mismo...







La teoría del "Big bang" supone, no obstante, un gran número de problemas filosóficos... ¿Qué causó la “explosión” o emergencia del Universo? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene? Si el Universo es algo que aparece y desaparece, no puede ser él mismo la causa de su existencia (nada que "aparezca" puede hacerse aparecer a sí mismo). Pero si no tiene causa, entonces el Universo es fruto del azar o de la "nada", un "capricho" irracional, algo radicalmente incomprensible... Tal vez hay infinitos ciclos de universos que se expanden y se contraen, pero entonces: ¿Cómo hemos podido llegar a este en el que vivimos y pensamos nosotros (tendrían que haber transcurrido una infinitud de expansiones y contracciones antes de llegar a este universo en que vivimos, pero un infinito nunca acaba de transcurrir)? Además: ¿durante qué tiempo se suceden unos a otros los Universos? ¿En qué espacio se expanden y contraen?... Todo parece demasiado irracional. Pero si el Universo es tan irracional, ¿cómo es que puede explicarse racionalmente a través de las leyes físicas?... Por cierto: esas mismas leyes y teorías físicas: ¿Son también parte del Universo? ¿Son cosas físicas tal como las cosas físicas que ellas mismas explican? Si no lo son, ¿"dónde" están? Y si lo son, ¿cómo pueden aspirar a explicar la totalidad de las cosas si no son más que una minúscula cosa más en mitad del espacio y el tiempo?...


 

- ¿Te parece convincente la teoría del Big bang? ¿Crees que explica el por qué y el para qué de la existencia del Universo? 

- Si pudieras ponerte en comunicación con un extraterrestre más inteligente que nosotros, ¿qué preguntas desearías hacerle acerca del Universo en el que vives?

sábado, 9 de enero de 2021

Lo absurdo






Ser libre y autónomo, independizarse, salir del cascarón duele: se equivocas, te sientes responsable de cada decisión, lo pasas mal. El mundo al que uno se asoma, cuando comienza a vivir por su cuenta y riesgo, es un mundo desconocido, imprevisible: no sabes por qué pasan las cosas que pasan. 

El dolor de los primeros errores provoca miedo. Lo imprevisible del mundo genera inseguridad. Ante el miedo y la inseguridad solo cabe, como decíamos, el conocimiento. Cuanto más sé, mas puedo controlar mi miedo y disminuir mi inseguridad. 

¿Pero y si las cosas, el mundo, la vida... no se pudieran conocer? ¿Y si fueran, en el fondo, incomprensibles? ¿Cómo nos sentiríamos?

Cuando algo es totalmente incomprensible pensamos que es "absurdo", que carece totalmente de sentido. 

Lo absurdo es lo que carece de causa y de finalidad, de un "por qué" y un "para qué", de "pies" y de "cabeza"... Es lo más raro, extraño o monstruoso (acordaos de lo que era un "monstruo") que podemos concebir: lo absolutamente inconcebible; eso es lo "absurdo".

¿Qué puede ser absurdo? En el fondo, todo: el universo, nosotros, nuestra vida... 

Si lo monstruoso provoca un miedo superlativo (el "horror"), lo absurdo genera un miedo más allá del miedo, un terror metafísico, una "angustia existencial". La angustia es lo que sientes cuando sabes que nada tiene sentido y que, por tanto, no hay razón alguna para hacer nada, ni siquiera vivir... 





- Escribe una frase absurda.
- ¿Serías capaz de explicar por qué las cuatro primeras imágenes que aparecen debajo son absurdas (si es que lo son)?
- ¿Serías capaz de crear una historia totalmente absurda? Inténtalo.
- ¿Cómo definirías tú el término "absurdo"?
- ¿Qué sentido crees que tiene la existencia de... TODO?











viernes, 11 de diciembre de 2020

El aplomo del sabio.


Empezar a ser libres supone desobedecer y cuestionar lo establecido, despertar y abrir los ojos, ser conscientes, pensar, decidir y actuar por nosotros mismos, bajo nuestra propia responsabilidad... Todo esto está muy bien, ¡pero también es muy duro! 

Crecer, salir del cascarón, del sueño de la inconsciencia, del regazo de nuestros padres... ¡duele! En el mito bíblico se simboliza con la expulsión del paraíso donde vivíamos bajo la tutela de Dios. Dios nos expulsa como un padre que echara de su casa a un hijo rebelde, anunciándonos además toda suerte de trabajos y desdichas. Y en efecto: fuera del paraíso (de la infancia) la vida no es fácil. No solo porque tengamos que decidir y responder de todo lo que hacemos (ya no podemos echarles las “culpas” a otro). También porque, de pronto, nos encontramos a la intemperie, desnudos y solos ante un mundo desconocido, en el que andamos continuamente expuestos al error y al dolor. 




Vivir, crecer, generan dolor y, por tanto, miedo. El miedo es el efecto de anticipar imaginariamente el dolor que asociamos, por experiencia (propia o ajena, real o virtual), a la situación o suceso que tememos.   


Pero aunque el miedo es muchas veces nuestro aliado (nos advierte del peligro y nos invita a ser precavidos), otras veces es excesivo y puede impedirnos asumir el riesgo que supone vivir experiencia valiosas. 

Para afrontar ese miedo excesivo hay que tener valor. Y la valentía (que no es carecer de miedo, sino controlarlo para que no nos bloquee) está necesariamente ligada al conocimiento. Parece obvio que la persona que cree conocer las causas del sufrimiento al que se expone (y, por tanto, la mejor manera de evitarlo o paliarlo), se enfrentará con mayor arrojo a la situación potencialmente peligrosa. Recordad que no es lo mismo el valor que la temeridad (esta es efecto de la inconsciencia o desconocimiento, y dura lo que tarda el temerario en sufrir el primer golpe)... 




De otro lado, en el mundo parece haber muchos acontecimientos que no controlamos, y cuyos efectos pueden ser fatales para nosotros (catástrofes naturales, enfermedades, accidentes...). Es por ello que a veces nos sentimos seres a merced de la suerte. Esto genera una gran inseguridad. Y a mucha gente le empuja a usar amuletos, o a rezar y confiarse a un ser supuestamente más poderoso que él...  


Pero también hay gente que se empeña en conocer y descifrar las causas de lo que nos parece “accidental” o “azaroso”, para que así deje de serlo. En este caso, el conocimiento sería un seguro para sentirnos más seguros y controlar mejor la inseguridad que inspira la vida...



A PENSAR: ¿Qué es para ti el miedo? ¿Es bueno o malo tener miedo? ¿Qué tiene que ver ser sabio con ser valiente? Muchas cosas que nos pasan parecen incontrolables. ¿Qué es mejor hacer ante ellas: rezar, llevar un amuleto, o quizás conocerlas mejor? ¿En qué consiste, por cierto, que algo ocurra por pura suerte o azar?








miércoles, 9 de diciembre de 2020

Taller de monstruos



La falta de sentido y razón en las cosas las hace incomprensibles y extrañas, distintas a lo entrañablemente conocido y familiar. En otras palabras: las hace monstruosas... El monstruo es aquello cuya forma es tan extraña que nos resulta casi imposible identificarnos con él, y por eso nos parece una amenaza, algo totalmente opuesto a nosotros y, por tanto, terrorífico... 

Monstruoso puede ser el deforme, el engendro, el loco de imprevisible conducta...

O la propia naturaleza en su aspecto más salvaje e inhumano (un terremoto, el mar embravecido bajo la tormenta, una jungla oscura e impenetrable, o un inofensivo insecto que deja ver lo extraño de sus formas y movimientos)...
Más monstruosa aún es la conversión repentina de lo entrañable en extraño (lo que ocurre de noche bajo nuestra querida cama, el dulce pero malvado oso de peluche, el niño asesino o poseído, el rostro muerto de alguien que conocíamos, una conducta extraña, de repente, en quién menos lo esperamos...)...

Pero lo más terrible es siempre lo que, por ser tan “otro”, tan distinto y tan extraño a nosotros, es inimaginable, carece o cambia constantemente de forma (quizás lo situamos en la oscuridad, que es el reino imaginario de lo informe). Este monstruo está en todas partes y parece, por indefinible, imposible de vencer... A este monstruo, que no podemos ni nombrar, algunos le llaman "lo absurdo". Y de ello, de lo que no se puede hablar, hablaremos en próximas entradas... Pero antes, un ejercicio.


¿Será cierta esta teoría sobre lo monstruoso y terrorífico?... Me gustaría que me ayudases a ponerla a prueba. El ejercicio es el siguiente. Recuerda y cuenta tus peores pesadillas. Confiesa qué es aquello que te da más miedo. Inventa o recuerda el peor monstruo, historia o experiencia de miedo que puedas contar... Veremos entre todos si encaja o no en todo lo que hemos dicho. 


[Seria advertencia: la lectura de los comentarios de esta entrada no es recomendable para personas con problemas cardiacos o con las ideas demasiado claras acerca de

lunes, 30 de noviembre de 2020

¿Hay una ciencia de lo bueno, lo justo y lo bello?


¿Hay algún experimento o prueba lógica que permita decidir si el aborto o la pena de muerte son o no aceptables? ¿Podríamos demostrar científicamente que la democracia es mejor que la tiranía? ¿Podría un sabio experto dictaminar que Goya es mejor artista que Picasso?... La mayoría de la gente responde a estas preguntas con un rotundo "no". En cuestiones morales, políticas o estéticas cada cual tiene su opinión, y todas son igualmente respetables. No hay nadie que sepa más que los demás (en política, por ejemplo, cada voto individual vale lo mismo). En este sentido, algunos se quejan de que en el Instituto se den clases de ética, y que en ellas se razone acerca de lo bueno y lo malo ¡Esto no es un asunto público y racional -se dice- sino privado, subjetivo, relativo a las creencias de cada individuo y su familia! ¿Quién es nadie para decirnos lo que es bueno, justo o bello?...

Ahora bien. Si lo bueno o justo es según cada uno. ¿Podríamos objetar moralmente algo al que asesina o discrimina a las mujeres? (Para el que lo hace es algo bueno). ¿Podríamos tildar de injusto a un tirano? (Para el tirano su forma de gobernar es justa). Si lo bello es según el gusto de cada uno: ¿Podríamos decirle algo al director de un museo si sustituye los cuadros de Goya por los dibujos de su hijo pequeño? (A él le pueden parecer más bonitos los de su hijo). La respuesta parece ser: no. De hecho, ni siquiera podríamos discutir acerca de lo que es bueno, justo, etc. Pues si esas palabras significan algo diferente para cada persona, ¿cómo podríamos entendernos? Además, si todas las opiniones sobre lo bueno fueran igualmente respetables, ¿para qué discutir? Todo sería bueno para unas personas y malo para otras, luego todo sería bueno y malo a la vez. Contradictorio, pero cierto, ¿no?


¿Qué pensáis de todo esto? ¿Los asuntos morales, políticos y estéticos son irracionales y, por tanto, no cabe ningún saber racional sobre ellos (se los dejamos así a la religión o a las opiniones y emociones de cada cual)? ¿O por el contrario cabe una ciencia sobre tales asuntos, de forma que se pueda demostrar racionalmente lo que es bueno, justo y bello? Esto último es lo que pretende a veces la filosofía como saber "axiológico", es decir, cuando se vuelve "ética", "filosofía política", "estética filosófica"... ¿Tiene sentido esta pretensión de la filosofía?

Sobre el problema del relativismo moral y cultural puedes escuchar nuestros programas de radio pulsando aquí y también pulsando aquí.


domingo, 29 de noviembre de 2020

Corazón de Oro contra el Doctor Infierno. ¿Es la bondad un asunto del corazón o de la cabeza?

Dicen que los simples e inocentes (es decir, los más ignorantes) son buenos. Los niños son buenos, dicen, hasta que los estropeamos los mayores y les enseñamos lo que no deben. Los nativos de las culturas más primitivas son buenos y puros, dicen, hasta que llegan los malvados colonizadores y les corrompen. Los hombres rudos y sencillos del campo son buenos, dicen, hasta que la civilización destruye su ancestral modo de vida… Ya lo cuenta el mito de Adán y Eva (y tantos otros): el hombre es bueno hasta que, pretendiendo saber más de la cuenta, rompe el equilibrio ecológico del paraíso y hace aparecer el mal y el pecado en el mundo... Al fin y al cabo, la bondad parece que es asunto del corazón. Y el que empieza a darle demasiada importancia al saber y la inteligencia pierde ese camino al que le conducían, sin pensarlo, sus emociones más puras, y se vuelve soberbio, ambicioso y malvado, como esos diabólicos seres de los cuentos y películas que ponen su inteligencia al servicio del mal…

¿Qué dirías tú? ¿Hay que ser sabio, inteligente, culto y sofisticado para ser bueno, o basta con tener un corazón de oro? ¿Qué hay de verdad (o de mito) en eso de que el niño, o el nativo, o el hombre del campo son, por lo general, bondadosos y nobles?




ACTIVIDADES.


1. ¿Se puede ser bueno sin saber, de forma consciente, crítica y reflexiva, qué es lo bueno?
2. ¿Has oído hablar del "mito del buen salvaje"? ¿Qué opinas al respecto?
3. ¿Saber lo que es bueno para uno mismo tiene relación con conocerse bien a sí mismo?
4. ¿Hay que ser sabio para ser bueno con los demás? ¿O es más bien cuestión de tener buen corazón?
5. ¿Tiene algo que ver el hacer el bien con conocer cómo es el mundo y cómo son los demás? ¿Por qué?
6. ¿Serán las personas con conocimiento e inteligencia más propensas al mal? ¿Y eso?

martes, 17 de noviembre de 2020

¿Qué es ser libres?


Crecer, ser como los mayores, tiene relación con ser libre y autónomo. 

Pero: ¿qué es ser libre? Está claro. Hacer lo que queramos, dentro de ciertos límites, claro (no puedo crecer quince metros, por ejemplo, por mucho que quiera). Pero aunque no lo podamos todo, siempre podemos querer más de una cosa: pasear o quedarnos en casa, venir a clase o no hacerlo, obedecer o no, vivir o morir, etc. En resumen: que siempre podemos elegir. Tal vez esto sea una ilusión, como decíamos en la entrada anterior, y realmente esté todo escrito, pero ilusoriamente o no, nunca dejamos de tener la experiencia de decidir. "Estamos condenados a ser libres", decía J. P. Sartre. 

Ahora bien, la cuestión interesante en relación al asunto de la libertad no es que podamos escoger (siempre podemos), sino más bien esta: ¿por qué escogemos lo que escogemos? ¿por qué queremos más unas cosas que otras?...Es obvio que (si no estamos locos) queremos lo que es mejor para nosotros, lo bueno. ¿Pero cómo sabemos lo que es bueno y nos conviene? ¿Por qué nos lo han dicho otros (los padres, los amigos, la publicidad, los profesores, los cuentos que nos contaban de niños y que nos siguen contando de mayores...)? Todos tenemos ideas, imágenes, ensueños... acerca de lo que es guay, bueno, chachipiruli... Pero esas ideas o imágenes, ¿son nuestras? ¿Las hemos elegido conscientemente nosotros? ¿O nos las han metido a traición en la cabeza?...Quizás esté aquí el meollo del problema de la libertad. Quizás somos libres no cuando hacemos lo que queremos, sino cuando sabemos y decidimos (por nosotros mismos) qué es eso que queremos... ¿Y tú? ¿Sabes por ti mismo lo que quieres, o quieres lo que otros quieren que quieras?



ACTIVIDADES

1. ¿Hay alguna circunstancia en la vida en que no podemos escoger entre, al menos, dos opciones?
2. Un filósofo del siglo pasado (Jean Paul Sartre) dijo que “el hombre está condenado a ser libre”. ¿Qué crees que puede significar esta frase?
3. ¿Es lo mismo "ser libre" que actuar "por capricho"?
4. ¿Puede uno escoger querer lo que quiere? ¿Somos libres para escoger lo que nos gusta?
5. ¿De qué depende que nos guste lo que nos gusta?
6. Tal vez queremos o nos gusta algo porque tenemos la idea de que va a ser bueno para nosotros. Ahora bien: ¿Tenéis ideas propias acerca de lo que es bueno querer? ¿O son prestadas (de vuestros padres, amigos, profesores, libros o películas favoritas...)? ¿Cuándo diríamos que nuestras ideas son nuestras y no inculcadas por otros?
7. ¿Sabés realmente lo que TÚ quieres y por qué lo quieres?
8. Después de pensar en todo lo anterior, dí: ¿crees que las personas somos libres? ¿Y tendría algo que ver esa supuesta libertad con ser más o menos sabio?

lunes, 16 de noviembre de 2020

La Biblioteca de Babel, un cuento de Jorge Luis Borges.

¿Está todo escrito? ¿Somos realmente libres?... Leeros este cuento de Jorge Luis Borges, y me contáis. Se llama "La Biblioteca de Babel", y leyéndolo uno nunca sabe si está o no dentro del propio cuento. A ver que podéis sacar de él (si es que podéis salir, claro). Por cierto, podéis participar en una recreación de la biblioteca en http://www.matcuer.unam.mx/~aubin/babel/

La Biblioteca de Babel

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.




También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.